sábado, 12 de marzo de 2011






Se atiborró de pastillas para dormir, todas las que tenía a mano. 

Pero entonces se asustó. Iba a morir a no ser que lo solucionara de inmediato. Podía ir al baño y vomitar, no era difícil. Aún podía. También podía llamar a alguien y pedir ayuda. 

Podía hacer las dos cosas: vomitar y llamar por si acaso el vomito no surtía efecto. Pero entonces que sentido tendría lo que había hecho?  No le dejaría ninguna opción a su deseo de no seguir viviendo.

No vomitó, hizo la llamada y se dejó envolver en la dulce oscuridad, dejando la solución al destino, un destino que se había bifurcado al realizar dicha llamada. 

Ahora podía morir o no, ya no dependía de ella, sino de que alguien llegara a tiempo para impedirlo