sábado, 13 de diciembre de 2008

"El principio del fin"

Se despertó y abrió los ojos. Nada, sólo oscuridad. Odiaba esa oscuridad. Pensó q nunca llegaría a acostumbrarse a la falta de luz cuando volvía del sueño. Esa luz que entraba por su ventana y q le decía que la noche había pasado, que no volvería, por lo menos, hasta que ella fuera consciente de que no podría detenerla y se hiciera a la idea.

Se levantó de la cama muy despacio, con el sigilo de quien esta acostumbrado a no hacer ninguna clase de ruido, a no molestar nunca. Entró en el baño, cerró la puerta y sin mirarse en el espejo se metió en la ducha. Encendió el grifo y puso el agua a más grados de lo q acostumbraba. Cuando empezó a sentir la caricia del agua en su cuerpo también empezó a sentir el dolor, un dolor punzante en los muslos, la espalda, las nalgas y sobre todo en el pecho. Bajó la temperatura del agua y comenzó a frotar su piel con fuerza, como queriendo, de esta forma, q ese dolor no se marchara, q permaneciera en ella para hacerle recordar lo que estaba viviendo día a día.

Salió de la ducha, impregnó su cuerpo de aceite de baño y cogió la toalla…entonces se vio en el espejo q ocupaba toda la pared… su cuerpo brillaba por el aceite, pero aún así, eran visibles las marcas dejadas en su piel la noche anterior. Pero por su cabeza pasó un pensamiento que la hizo sonreír, “parece q estoy preparada para ir a la sartén y me frían…!!!”.

A medida que se secaba, sin dejar de mirarse, su piel se transformaba, adquiriendo poco a poco un aspecto satinado, aterciopelado, suave… Una piel preparada para volver a ser lacerada. Pero eso no importaba, ya no sentía dolor, era un sentimiento muy íntimamente relacionado a su vida, a su rutina, a su elección.

Salió del baño, desnuda, y en vez de volver a la habitación y descorrer las cortinas para que la oscuridad se marchara, bajó a la cocina. Todo estaba en silencio, no le gustaba el silencio, no le gustaba la oscuridad, no le gustaba el pueblo donde vivía, no le gustaba su vida… la vida que ella misma, o eso creía, había elegido.

Allí estaba, el sobre, colocado encima del microondas con la pulcritud y la perfección acostumbradas, de pie, derecho, mirando hacia ella, apoyado en la pared como si estuviera vigilándola. Sólo lo miró un segundo y se dio la vuelta. Hoy no. Ahora no, se dijo.